«No maldigáis al humo; mirad el río que encadenasteis: La visión de la Völva Eiris sobre el calor que hemos construido.»

La cabaña de troncos de abedul cruje bajo el viento del norte que baja de las montañas. En el interior, el fuego del hogar proyecta sombras danzantes sobre los rostros tallados en los postes de madera. Eiris, la Völva, no mira las llamas. Sus ojos, del color de la turba profunda, parecen fijarse en algo más allá de la piedra del hogar, en el hilado mismo de las causas y los efectos. Sobre la mesa de roble, un cuenco de agua de manantial refleja el brillo del fuego. Ella pasa una mano, larga y surcada de líneas como lechos de ríos secos, sobre la superficie del agua, sin tocarla. El reflejo se altera. Comienza a hablar, y su voz no es la de una anciana, sino la de un bosque susurrante, la de una piedra al caer por un barranco.


El Engaño no está en el Humo, sino en el Espejo Roto: La Visión de la Tejedora sobre el Calor que Nos Ahoga

Hombres y mujeres del tiempo de los cables de luz y las naves de metal que surcan el cielo. Os escucho. Susurráis sobre un “calentamiento del mundo” y señaláis con miedo los cielos, los humos densos que salen de vuestras forjas sin fuego. Y tenéis razón en temblar. Pero vuestra mirada se queda atrapada en el humo, y no veis la grieta en la tierra bajo vuestros pies. No veis el espejo de agua que rompisteis.

Sois como el niño que, tras romper el cuenco que contenía la leche, llora porque el suelo está mojado, sin entender que la tragedia no fue el derrame, sino el golpe que lo causó y la sed que vendrá después.

El Gran Humo (vuestros GEI) es real. Es el aliento caliente de un gigante de hierro al que alimentáis sin cesar. Un aliento que envuelve la cúpula del mundo y atrapa el calor del sol como una manta gruesa en verano. Eso, vuestros sabios lo han visto. Es la Causa Raíz, la primera piedra que lanzasteis al estanque. Pero vuestro error, el gran engaño que os hacéis a vosotros mismos, es creer que la única onda en el agua es la que produce esa primera piedra.

Habéis olvidado que el estanque tenía sus propias corrientes, sus propias formas de calmarse. Y las habéis roto.

Venid. Mirada a través del humo, con los ojos que ven los hilos.

El Jardín que era un Desierto: La Refrigeración que Matasteis.

Hablas de un palacio en el sur, de jardines frescos en la ladera. Sí. Es la sabiduría antigua, la que mis abuelas y las abuelas de vuestras abuelas conocían. El agua que fluye, la tierra húmeda, las hojas que transpiran… no son un adorno. Son el suspiro del suelo. Son como las venas en el cuerpo de un guerrero, que llevan frescor a cada rincón.

Un río no es solo agua para beber. Es un dragón de frescor que se arrastra por el valle, escupiendo vida y devorando calor con cada curva. Un bosque no es solo madera. Es un manto tejido de sombra y sudor, que pone un techo fresco entre la tierra y el sol abrasador.

Y vosotros, en vuestra arrogancia de domadores, decidisteis que esos dragones eran demasiado libres, que ese manto era demasiado salvaje. Quisisteis guardar el suspiro en vasijas.

Los Ladrones de Suspiros: Vuestros “Pantanos”.

Construís murallas de piedra gigantescas en las gargantas de los ríos. Atrapáis al dragón. Lo encadenáis. Le decís: “Tu fuerza será nuestra, tu agua será nuestra, y la soltaremos solo cuando y como nosotros queramos”. Y creéis que es sabiduría.

Pero un dragón encadenado se pudre. Su agua, quieta bajo el sol, se calienta y se evapora, llevándose su frescor al cielo desnudo. Lo que soltáis por vuestros canales ya no es el agua fría y viva de las entrañas de la montaña; es el agua templada y perezosa de vuestra prisión. El valle abajo se seca, se endurece, se calienta. La tierra, sin el aliento fresco del dragón, se convierte en un horno de piedra.

Habéis convertido las venas del mundo en estanques de enfermedad. Habéis robado el suspiro a la tierra para regar vuestros campos insaciables. Y luego os sorprendéis de que la fiebre suba.

El Espejo Roto: Cómo vuestra “Solución” Alimenta vuestra Perdición.

Y aquí está el nudo de la visión, el punto donde vuestros hilos se enredan hasta ahogaros.

Os digo una verdad que vuestros líderes miran de reojo pero no os dicen, porque les quema la lengua: Vuestra sociedad, vuestros diez millones de almas en esa tierra seca, se construyó sobre el lomo del dragón encadenado. Sois los hijos del ladrón de suspiros.

Sin esas murallas de agua, vuestras ciudades serían pueblos, vuestros campos de frutos jugosos serían matorrales de romero y tomillo. Sois muchos porque robasteis mucho agua. Y ahora, para seguir siendo muchos, tenéis que seguir robando. Pero el robo mismo es lo que está haciendo la tierra tan caliente que el robo pronto será imposible.

Es el hechizo más tonto: matar a la gallina para tener hoy todos los huevos, sabiendo que mañana no habrá ni gallina ni huevos.

La Trampa de los Hilos Enredados: Por qué el Guerrero no Suelta su Escudo.

Y entonces preguntáis: “¿Por qué no soltamos al dragón? ¿Por qué no derribamos las murallas?”

Y la respuesta no está en la física del agua, sino en el miedo del corazón. Está en lo que uno de vosotros, con palabras claras, llamó “suicidio político”.

El guerrero que, en medio de la batalla, descubre que su escudo de madera está carcomido y es pesado, ¿lo tira? No. Porque aunque sea inútil y le fatigue, es lo único que se interpone entre él y las flechas. Soltarlo ahora es muerte segura. Seguir agarrándolo es una muerte más lenta, pero quizás, solo quizás, encuentre un momento para esquivar.

Vuestros gobernantes son ese guerrero. Vuestros pantanos son ese escudo podrido. Saben, en sus huesos, que el sistema os está matando lentamente (con calor, con sequía, con tierra yerma). Pero soltarlo significa admitir el hambre, la sed y la rabia mañana mismo. Y ningún líder sobrevive a la rabia del hoy para hablar del alivio del pasado mañana.

Prefieren repartir el agua cada vez más escasa, mirando con esperanza al cielo por más lluvia, rezando para que el colapso llegue cuando otro esté en el poder. Es la cobardía del que prefiere ahogarse lentamente a soltar la losa que lo hunde, por miedo al trago inmediato.

Lo que la Soga le dice al Árbol: Las Consecuencias que no Veis.

Pero el mundo no es una batalla aislada. Es una tela. Tiras de un hilo aquí, y un nudo se aprieta al otro lado del telar.

Al calentar vuestro valle con tierra seca y agua estancada, no solo os cocináis a vosotros mismos. Alteráis los vientos. Un valle caliente aspira el aire, lo cambia, modifica los caminos de las brisas que venían del mar a refrescaros. Ese calor que generáis se vierte al mar cercano, como echando brasas a una bañera. El mar se calienta, se enferma, cambia sus corrientes. Y un mar enfermo cambia el clima de costas lejanas.

Sois el árbol que, al caer podrido por dentro, tira de la soga que sostenía el puente, y el pueblo al otro lado del barranco se queda aislado. Vuestra acción local no es local. Es un latigazo en la tela del tiempo-clima.

El Camino de las Espinas (La Única Senda que Queda).

¿Veo, entonces, un futuro de llamas y huesos blancos? No siempre. El Oráculo no muestra un destino único, sino senderos. Y el sendero hacia un lugar menos doloroso está cubierto de espinas que debéis decidir pisar.

No hay hechizo para deshacer las murallas de piedra. No sin causar gran dolor. Pero hay formas de dejar que el dragón respire dentro de su prisión.

  1. Dejad que el Río Recuerde que es un Río: No soltéis toda el agua, pero soltadla con sabiduría. Dejad que corra con fuerza a veces, que limpie su cauce, que enfríe las piedras, que alimente las raíces de los árboles de la orilla. Un río con pulso, aunque controlado, es mejor que un canal muerto.
  2. Cambiad la Ofrenda a la Tierra: Dejad de exigirle a la tierra sedienta que os dé los frutos más voraces de agua. Buscad los frutos de la austeridad, los que saben a sol y a poca lluvia. El olivo viejo, la almendra, la vid brava. No es un paso atrás. Es girar hacia donde el sol no quema tanto.
  3. Honrad el Agua como Sangre: El agua no es una moneda. Es la sangre de la tierra. Dejad de derrocharla en lo superfluo. Que el precio de malgastarla sea tan alto como el precio de malgastar la vida. Solo lo que se valora, se cuida.
  4. Preparad el Espíritu para Tener Menos: El hechizo más difícil de todos. Vuestra magia se basa en el “siempre más”. Debéis aprender la magia, más antigua y profunda, del “suficiente”. Del “esto nos sostiene”. No será un camino de reyes y palacios de cristal. Será un camino de comunidades que se adaptan, que comparten, que saben leer la tierra otra vez.

El Engaño Final.

El gran engaño no es que os mientan sobre el Humo. El gran engaño es que os han hecho creer que podríais vivir como dioses del norte, en la tierra del sur, sin obedecer sus leyes. Que podríais tener un ejército de diez millones donde antes vivían en armonía dos, sin pagar el precio.

El precio ha llegado. Se llama calor, desierto, incendios, sed.

La pregunta no es si podéis volver atrás. No se puede.
La pregunta es si tenéis el valor, la rabia fría y la sabiduría colectiva para cambiar de sendero hacia uno donde la vida, aunque más dura, sea sostenible. O si, por miedo al dolor de hoy, elegiréis el sendero que lleva al abismo, arrastrando a vuestros hijos con vosotros.

Yo, Eiris, la que mira los hilos, veo el nudo. Os lo he mostrado. Pero solo vuestras manos, unidas o empuñando cuchillos entre vosotros, pueden decidir si desatan el nudo o lo aprietan hasta romperlo todo.

Eiris deja su mano sobre el cuenco. El agua ha dejado de reflejar el fuego. Ahora, en su superficie quieta, parece verse un valle seco surcado por cicatrices de cauce, y a lo lejos, el brillo quieto y artificial de un gran lago tras una muralla. Suspira, un sonido como el viento entre las grietas de una roca.

La elección no es entre lo cómodo y lo incómodo. Es entre lo difícil ahora y lo imposible después. El tiempo de los espejos rotos ha terminado. Ahora toca ver, en los fragmentos, qué futuro queremos ensamblar.

Eiris Völva